“The question now is not whether we need principles
to guide us but rather whether there still exists a
body of principles capable of general application
which could follow if we wished.”
Friedrich
Hayek, 1945
La propuesta liberista
ignoró la posibilidad de libertinaje. En su desesperación, no puso límites a
las interpretaciones extremas del significante principal.
En el mundo
económico de la era del post, la
solución a (casi) cualquier problema social son los incentivos. Si existe inseguridad y corrupción, hay que elevar los
salarios de la policía; para que haya estudiantes, hay que ser flexibles con
los alumnos; en la prevención del delito, son necesarias penas más graves. La
voluntad del hombre ya es más pequeña que los portafolios de Wall Street.
Por esta razón, la aversión al riesgo crece cada vez
más. La falta de confianza y credibilidad atentan contra el nacimiento de las
ideas. El ciudadano, en consecuencia, se convierte hobbesiano: incluso la peor tiranía es preferible al caos. La
individualización excesiva empequeñece aún más, frustra por imposibilitar la
acción colectiva. Así, el temor se convierte en costumbre. Y ésta en
indiferencia.
A partir de este punto, cualquier pregunta no vale
la pena: se trata de sobrevivir y, si se puede, disfrutar cada instante antes
del fin del tiempo. Nada más importa que aprovechar todos los recursos al
alcance. Al fin, el hombre se vuelve pragmático.
Después, todos los planes de vida son parte de un mismo ciclo. Lo que antes era
irracional, hoy es lo más científico.
La humanidad está en peligro de extinción. Y el
calentamiento global acelera el proceso.